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el Quejío. ¿Flamenco liberador o masoquista?




Nos vino al equipo de Flamencura, hace poco, un artículo en la red. Nos interesó porque hablaba del flamenco desde la terapia, "el flamenco como síntoma", decían. No recuerdo el autor, era una charla de un psicoanalista, y hacía con el flamenco eso que se llama psicoanálisis aplicado. Lo analizaba como paciente en un diván, y reflexionaba acerca de este arte. como ya se ha hecho, desde esta corriente, con pinturas, novelas, etc. 

Analizaba, digo, y señalaba especialmente al quejío, al ayeo. Ese cante en el que se dejan salir emociones, la queja, el grito. Como una particularidad bien destacada del flamenco, hablaban de ello, y lo hacían con matices que nos transportaban al interrogante acerca de lo enfermizo que podía ser este tipo de expresión. Es una queja, es un lamento, es un no estar bien. ¿Es apología del sufrimiento?. ¿Qué sucede?

También recuerdo, hace ya algunos años, asistir a un espectáculo flamenco con un colega brasileño. Ante la expresión del rostro de la bailaora, con ojos semientornados, ceño fruncido, boca prieta, mi compañero exclamó: ¿por qué está brava esta mujer?. Estaba desconcertado e incluso incómodo. Enfadada, quería decir, ¿por qué está enfadada?.

Vaya, ahí está el flamenco incomodando, incordiando a según qué sensibilidades. Sí, parece ser así, por dar permiso a todas las emociones, y dar cabida, salida y dignificación, a aquellas que no son aceptadas en nuestra "normalidad". 

Sale la rabia, el enfado, la pena más profunda, el desgarro. Salen. Pueden salir. Tienen el permiso y la autorización desde el flamenco.

Cuando nos llegó esa imagen del flamenco en el diván, como paciente en terapia, que podía llevar a entender acerca de lo inadecuado de su hacer, que al menos lo cuestionaba, por regodearse en la pena, por ensalzar nuestros lados oscuros, pensamos que había que dar la vuelta a esta visión. Y eso es lo que queremos señalar desde aquí.

Parece que en determinados ambientes, en determinados artes, no se puede mostrar según qué. Estamos en el mundo del pensamiento positivo, de lo políticamente correcto, de la diplomacia, el buen hacer y la templanza.

¡No!. Desde aquí, un rotundo "no". No a la templanza, ("huíd de los templados!!!"), no a la monotonía, no a lo que toca hacer, no al autocontrol emocional, no a tragarse las penas.

El flamenco nos lleva a expresar, a poder expresar todo. El puro flamenco conecta con nuestro profundo núcleo. Y nos puede hacer llegar a nuestros infiernos, bienvenido sea él. Porque si queremos alcanzar el goce de vivir, hemos de pasar por ese mal trago, hemos de conectar con nuestras profundas miserias. Es el camino, y no hay otro. Así sucede en un proceso de terapia que se precie. Así sucede en este arte.

Nosotros situamos al flamenco en el lado del terapeuta. Y lo hacemos, siguiendo nuestra línea psicocorporal reichiana (Wilhelm Reich, discípulo directo de Sigmund Freud)  desde el profundo convencimiento de que ese permiso para que salgan estados emocionales, esas explosiones expresivas, no produce masoquismo, no, es pura liberación.

Casilda Rodrigáñez ya dice, "hay que pasar por el infierno para llegar al Hades"

EQUIPO FLAMENCURA.



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